Los que nacimos en los sesenta, la llamada generación del 'baby boom', nos enfrentamos a dos realidades que nos golpean: el futuro de nuestros hijos y el cuidado de nuestros padres. Estamos en medio y con mucho peso a nuestras espaldas, sobre todo las mujeres, quienes salimos a trabajar para conquistar esa bendita independencia que, no obstante, se sumó a las cargas que nos han condicionado toda la vida. Empoderamiento, dicen.
En estos días en los que los jóvenes claman por viviendas asequibles, esas que las administraciones dejaron de construir hace décadas, no sólo nos preocupa que nuestros niños sean felices, con su casita, su trabajo, y su tiempo de ocio, ese que a nosotras se nos negó, sino que sufrimos por nuestros padres, que no han sido bien tratados en una sociedad donde la vejez no encuentra acomodo.
Lo peor, queridos lectores, es que ellos, la generación que nos precedió, quienes aprendieron a salir adelante con sacrificios y a hacer de sus escuálidos ahorros un monumento a la alegría, ahora padecen una penosa situación. Las residencias privadas, con precios desorbitados, no constituyen una solución ante sus míseras pensiones. De eso se habla poco. O nada. Tampoco las públicas son la panacea. Son pocas y su mantenimiento se dispara, a juicio de los que mandan. De hecho, Page hurtó el Hospitalito del Rey a los mayores y no parece que San Juan de Dios vaya a dar respuesta a la urgencia de dar cobijo a los ancianos. En ambos casos, apunto, el Ayuntamiento de Toledo se manifestó a favor de que estos edificios albergaran residencias. Papel mojado.
A esto se suma la lentitud en el proceso del reconocimiento de la dependencia y que la administración regional, competente en esta materia, se regodea en cifras cuando de lo que tenía que presumir es del trato a las personas. Ahí falla.
Otro factor: muchos ancianos desean permanecer en sus casas, pero necesitan apoyo y no pueden pagar a una persona que les acompañe. Y en una época en la que la esperanza de vida aumenta, hay que apostar por que la longevidad vaya acompañada de una buena calidad de vida. Eso lo obvian quienes han diseñado el ¿modelo? de atención a los ancianos.
Si los que han puesto tanto empeño en el bienestar animal, se hubieran esmerado así con los mayores, la sociedad sería un paraíso. Pero no, ellos no interesan. De ahí, por ejemplo, que no se planteen alternativas como las viviendas tuteladas, en las que los ancianos puedan residir con la privacidad de su hogar, pero con la supervisión de profesionales atentos a sus necesidades. Mantengo la esperanza de que el sistema cambie, de que la Junta, con sus gerifaltes empeñados en cerrar, incluso, el geriátrico el Valle, dé un giro a su gestión y se preocupe por tantas gentes de esta tierra que han pasado de viejos a mayores. Sin rechistar. Y con suma generosidad. La que ellos, esos mandamases, no han demostrado.