He de confesar, queridos lectores, que no me apasiona la lluvia. Entiéndanme, se trata de un fenómeno meteorológico imprescindible para la vida en el planeta, por supuesto, pero me gusta en su justa medida. No en vano, sus excesos son dañinos y causan catástrofes que pueden originar pérdidas humanas, como, desgraciadamente, hemos contemplado con horror hace unos meses. Ya, en un entorno más casero, los días grises, plomizos, revestidos de una incesante caída de agua, provocan el desánimo de aquellos que necesitamos, más que otros, la energía que aporta el sol para deambular con brío por este valle de lágrimas que es la vida.
Pues sí, lleva lloviendo todo el mes de marzo, el final de un invierno que la Aemet predijo más seco de lo habitual, mientras vemos cómo el río Tajo, salvaje, se desboca. E incluso pequeños afluentes, como el Alberche, ponen en jaque a pueblos de la provincia, con unas aguas que exceden de su cauce y tienden a expandirse más allá de los límites que hemos conocido en los últimos tiempos.
Cierto es que el espectáculo que nos ofrece la naturaleza es grandioso, que nos llama la atención el clamor del río, acostumbrados, como estamos, a ver discurrir con indiferencia su tímido caudal, pero también es verdad que es un auténtico dislate que el agua que ahora sobra se desperdicie ocasionando, por otro lado, riesgos para las personas, los cultivos y las infraestructuras.
Y ahora voy a proponer algo muy fascista. Ahí va: ¿por qué no se construyen más pantanos? ¿Cuál es el motivo de que un país como el nuestro, tan avanzado, que cuenta con políticos que se gastan millones de euros en viajes, véanse los senadores, y que, se supone, aprenden en esas visitas, no haya importado algún sistema de otros estados para aprovechar esas lluvias que ahora caen con frenesí? ¿No existen doctos ingenieros que aconsejen a nuestros torpes gobernantes qué hacer para no desperdiciar el preciado líquido por el que pagamos unas facturas de escándalo los sufridos consumidores? Pues no, debe ser que no. Expertos hay, sin duda, pero me da que se les trata con el mismo desdén que la Junta a los técnicos del ministerio que han diseñado el trazado del AVE en Toledo.
En esta tierra, hace unos años se gastó una millonada en la Tubería Manchega, que no supone sino el trasvase del Tajo hacia otros puntos de la región, con el resultado de que el río pierde el caudal, al igual que cuando va hacia Levante. Pero eso a Page, que tanto critica el nacionalismo ajeno, no le importa. Supongo que se habrán realizado en los últimos años otras obras hidráulicas que ignoro, pero lo que tengo claro es que se tiran, en cada episodio de lluvias intensas, millones de litros, que después servirían para abastecer a esos ciudadanos que, llegado el calor y la correspondiente «sequía», que llegará sin duda, se surten con camiones cisterna. Sentido común. Y más pantanos.