Con su permiso, queridos lectores, me voy a poner un poco teórica en esta columna para explicar unos cuantos conceptos: las 'fake news', la difusión de noticias falsas con un claro afán de convencer a las masas y hacerles partícipes de una información conforme a sus creencias, no es algo nuevo. Los medios de comunicación han sido utilizados como armas propagandísticas por los gobiernos, conocedores de que ese pueblo al que pretenden someter es una suma de sentimientos que pueden moldear a su antojo. Qué decir de ejemplos infames como el del ministro de propaganda nazi Josep Goebbels, a quien se le atribuye la frase «una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad».
Muy unida a las noticias falsas se haya la posverdad, un concepto muy fácil de entender según la definición del lingüista Chomsky: «Las personas terminan creyendo en aquello que mejor satisface sus emociones básicas, aunque esto riña con hechos probados. De este modo, cuanto más asociada esté una idea con emociones básicas de los seres humanos, más poder de arraigo tiene».
En tiempos en los que la inmediatez se convierte en un reto y cuando cualquier persona, armada de ingenuidad o de mala intención, tiene la posibilidad de difundir y expandir información sin contrastar a través de las redes sociales, las noticias falsas campan a sus anchas. Cierto es que la realidad es voluble, a veces subjetiva y, cuando menos, caprichosa, sobre todo ahora que la Inteligencia Artificial ha venido a revolucionar aún más esta sociedad ávida de información y de noticias que fluctúan y se mantienen a golpe de propaganda, de intereses económicos y políticos y, pocas veces, de certezas.
Es evidente que los periodistas hemos de asumir un papel trascendental en medio de ese caos. No confundir la opinión con la información, veraz y objetiva, es una de las máximas que debemos mantener para que nuestros lectores extraigan sus propias conclusiones. Obviamente, esta columna expresa lo que pienso. No es un dogma, me la juego a sabiendas de que otras personas me pueden criticar y, por supuesto, rechazar mis puntos de vista. Ahí está el debate.
Otra cuestión es la información falsa vendida como verdad. Si la difusión de bulos ha de estar perseguida cualquiera que sea su procedencia, el peligro se acentúa cuando esa propagación de medias verdades o de una realidad manipulada procede del Gobierno. Quienes forman un Ejecutivo disponen de una capacidad de 'seducción' que se traduce en una ingente cantidad de dinero público para gastar a su antojo, simplemente para que los ciudadanos a los que prometieron servir se convenzan de las bonanzas de sus supuestas verdades y de lo equivocados que están quienes se atreven a disentir o a pensar por sí mismos. Ese abuso de poder debería estar perseguido por ley. Si las presiones y los montajes triunfan, la democracia está muerta. Aunque votemos cada cuatro años. Si alguien se da por aludido, que no lo dude: va por él.