Pascual, el Pirrique, era trabajador como el que más; atento, cordial y buena persona, aunque tuviera mal vino. El sábado, a medio día, en cuanto salía del taller, cobraba la paga en la oficina, se aviaba un poco en casa y empezaba el vía crucis de bares por el barrio que nunca variaba ni saltaba de estación: bar Los Bloques, Tinajones, Café-bar Río Mar, Casa Paco, el 501 y vuelta empezar. En la tercera manga, siempre con chatos de a duro, era cuando comenzaba a cagarse en la predicación, en el clero, en la política, en la Seguridad Social, en la madre que parió a Panete y en el sursuncorda. Si alguien, que, por supuesto no le conocía, le recriminaba o llevaba la contraria se ponía faltón e incluso llegaba con facilidad a las manos. En esos casos extremos debían intervenir los convecinos para reconducir la situación y convencer al forastero, tras convidarlo, a que cediera en la disputa. A la quinta vuelta completa al recorrido antedicho, abandonaba.
Atravesaba, zigzagueando a cámara lenta, el descampado, lleno de socavones, de lo que luego sería Avenida de Pío XII, hasta el Colegio del Faro, meaba en la esquina murmurando letanías y agarrado con una mano a la tela metálica de la valla del patio. Al terminar, siempre mirando hacia la huerta del Gitanillo, daba tres vivas a la República e iba a dormir tan tranquilo a su casa de la calle Paralela.
Los domingos Pascual, el Pirrique, se dedicaba en cuerpo y alma a la canaricultura. Tenía paciencia y buena mano para la cría. En el desván, donde había más jaulas que en la ferretería de Genaro Suela, los cruzaba con verderones y jilgueros que él mismo cazaba con red en los parajes con cardos de la Buenamoza y Hontanillas cuando apuntaba la primavera. Ganó el segundo premio -copa, diploma y jaula de plata- en el primer concurso de canarios que se celebró en la Casa de la Cultura compitiendo con los mejores criadores de la región y llenó las terrazas del barrio de La Piedad de pájaros cantores que fue regalando a las vecinas, el día de su santo, en pequeñas cajas de madera que fabricaba el mismo, muy aparentes, a partir de tablas de envases de frutas y una tarjeta de cartulina en que felicitaba a la interfecta en aseada letra inglesa.