Sorpresa. Los oigo por un segundo. Miro al cielo. Ahí están. Altos. Calle Atocha. Han vuelto. Con los vencejos comienza todo. O termina. Es lo mismo. Atardecer de cielo abierto, nubes grandes y negras como cruceros intergalácticos subiendo desde el sur. Pero no llueve. Los edificios han dejado de sudar goterones gordos y espesos, lágrimas de cariátides castigadas a soportar el peso del mundo por toda la eternidad. Los primeros vencejos sobre Madrid. Vi los últimos en la raya de octubre, tendría que echar mano a mis notas, pero ahora no me vaga. Los días eran ya cortos y las mañanas frías. Pensé que no se irían, como la golondrina de Wilde en El príncipe feliz. Pero se fueron. Siempre pienso que, si pudiera, marcharía con los vencejos a sus distancias y océanos, a sus cielos y noches de duermevela en cielos llenos de estrellas y deseos sobre selvas que aún no se acaban nunca. Cada vencejo es un milagro.
Los vencejos de marzo verán ríos felices, feraces. Feroces. Vivos. En la calle Lavapiés, escrito con tinta blanca sobre un contenedor: «El agua puede estar sucia, pero el fuego siempre es puro». Corriente enfangada, enlodada, febril y libre. Voy a buscar ríos ensanchados, desatados, llenando su cauce, desbordándose, lamiendo troncos de álamos blancos reventados de amentos y fresnos que despiertan sorprendidos. Los ríos llevan en el sobaco las escrituras, saben lo que les pertenece. Un río nunca olvida.
Talavera. En La Morana recuerdo. La misma basura, las mismas jeringuillas de siempre, la misma belleza desterrada y arrancada. Pero si observas en lo profundo de la corriente, todo está ahí, como un daguerrotipo ajado y sepia con perfectos barbos de plata saltando. Garzas de hielo bajando tras su sombra. Y el mismo Tajo brincando la azuda como una culebra transfigurada en espumas y nieblas. Toledo. En el cigarral del Ángel Custodio escucho el susurro más profundo del río, lengua de cieno y deseo. Le pido permiso, hago un par de fotografías mientras cae una lluvia fina, lamento de cataratas y distancia.
Agarro al vuelo en la calle una palabra nueva. Preciero. Y la apunto. El que pone precio. Precio y aprecio. Prez. Ignacio Gómez de Liaño en la Escuela de Arquitectura. Me devuelve al conde de Villamediana, y la poesía como refugio y necesidad. Mañana iré a la antigua calle de Los Boteros, donde mataron al conde, el de los amores reales, libertad y rebeldía siempre perseguidas. Pero quizá llueva y los vencejos se hayan vuelto a ir, lejos, a un cielo más limpio y despejado, más alto y lúcido. Cielo de fuego. También Juan de Tassis, Villamediana en Aranjuez. Lloverá más y los ríos sonreirán. Andan ligeros, sueltos, como presos liberados de su cuerda, vagando felices, incrédulos, mirando un cielo, una luz, una tierra que ahora es sólo de ellos y de los vencejos con sus ojos plenos de viento.