A pesar del título, hoy no les quiero hablar de literatura ni de la novela de Luis Martín-Santos. Escribo desde el remanso de paz, serenidad y silencio que es el Real Monasterio de Santa María del Paular, la primera cartuja que hubo en Castilla, un cenobio erigido por deseo de Enrique II de Trastámara, y en el que las filigranas del gótico, con la impronta de Juan Guas, se entremezclan con la apoteosis barroca de la capilla del Sagrario, obra de Francisco Hurtado Izquierdo. Un lugar al que me gusta retirarme de vez en cuando, para, en soledad sonora, alejarme de la ruidosa vorágine que nos arrastra cotidianamente. Aquí, entre la belleza de la naturaleza, el canto de los monjes benedictinos que hoy atienden el monasterio y el esplendor del arte que custodia, el alma se apacigua y eleva.
Vivimos en una sociedad llena de ruidos, que nos impide pensar, encontrarnos con nosotros mismos y con los demás. Necesitamos tiempo de silencio, momentos de alejamiento, de desconexión, de recentrarnos en lo esencial. Y ese tiempo es el que se nos ofrece al comenzar hoy, Miércoles de Ceniza, la Cuaresma. Habitualmente identificamos estas semanas que preceden y preparan la Pascua o con tristeza y mortificaciones más o menos intensas, o con aspectos meramente anecdóticos, como comer potaje, torrijas o la abstinencia de carne. Es cierto que todos ellos forman parte del camino cuaresmal, pero no pueden ni deben ser lo esencial. Ni siquiera el ascetismo que tendría que marcar estos días y que hoy está prácticamente mitigado y desfigurado –hay que imaginarse la Cuaresma primitiva, la que inspiró la práctica del Ramadán en el mundo musulmán, como algo más parecido a éste, con fuertes ayunos, que a la actual y residual práctica- es lo nuclear de un tiempo que nos conduce a una profunda transformación interior, a un cambio de mentalidad que nos abra verdaderamente a lo trascendente, mediante ese trípode constituido por el ayuno, la oración y la limosna; ésta, en su origen no era más que la conversión en ayuda al pobre y necesitado de la privación de alimento.
La Cuaresma que hoy empieza vendría a identificarse con el entrenamiento, el esfuerzo que hace el deportista para alcanzar un triunfo. Dicho entrenamiento no tiene valor en sí mismo, sino como medio. Lo mismo ocurre con el tiempo cuaresmal. Su recorrido culmina en la noche de Pascua, no en las tinieblas del Viernes Santo, por mucho que las devociones populares de estos días nos ofrezcan la Pasión en todo su patetismo y crudeza. Es la Luz que iluminará esa noche la que reverbera durante estos cuarenta días. Porque lo que se celebra no es la muerte, sino la vida; no la oscuridad, sino el gozoso esplendor del cuerpo glorioso del Resucitado.
Tiempo de Cuaresma. Tiempo de silencio, para encontrarnos con nosotros mismos, con los fraternalmente otros, con el Total y Cercanamente Otro.