Miguel Ángel Dionisio

El torreón de San Martín

Miguel Ángel Dionisio


El retablo de Santo Domingo el Antiguo

12/03/2025

Corría el año de gracia de 1577 cuando un pintor de origen griego, aunque súbdito de la Serenísima República de Venecia, recién llegado de Italia, recibía del canónigo obrero de la catedral primada, García de Loaysa Girón, el encargo de pintar un cuadro, el Expolio, para la sacristía catedralicia. Por esas mismas fechas, Domenikos Theotokópoulos, así se llamaba nuestro protagonista, aunque en Italia y en España se le conocería como Dominico Greco, se comprometía con el rico, culto y refinado deán de la catedral, don Diego de Castilla, a pintar las tablas que decorarían los retablos, cuya traza también realizaría, para la recién construida iglesia del antiguo monasterio cisterciense de Santo Domingo el Antiguo. De este modo el Greco realizó su primer conjunto de envergadura en España, con un programa iconográfico que se centraba en la gran tabla de la Asunción de la Virgen, sobre la que se situaba la Trinidad, mientras que a los lados se ubicaron la representación de los dos santos Juanes, el Bautista y el Evangelista, éste último con una representación poco habitual. Sobre ellos, sendos lienzos, con dos figuras vinculadas a la orden religiosa a la que pertenecían las monjas, san Bernardo y san Benito. El conjunto se completó con una Santa Faz, esculturas, y dos retablos laterales, en los que representó la Adoración de los pastores y la Resurrección.
Todas estas obras permanecieron en el monasterio hasta el siglo XIX, cuando parte de ellas empezaron a desperdigarse, al pasar a manos de diferentes coleccionistas. Uno de ellos fue el infante Sebastián Gabriel de Borbón, quien en 1830 adquirió la Asunción, que acabaría en 1906 en el Art Institute de Chicago, donde se conserva. Fernando VII compró la Trinidad, que en 1832 ingresó en las colecciones del Museo del Prado. La representación de san Bernardo, después de diferentes vicisitudes, terminó en San Petersburgo y la de san Benito en el Prado; la Santa Faz fue vendida en 1964 y está en una colección particular, mientras que la Adoración de los pastores fue finalmente adquirida por la Fundación Botín.
Todas estas obras, más las que se conservan aún in situ en Santo Domingo –salvo el San Bernardo- pueden verse reunidas de nuevo en una pequeña pero magnífica exposición organizada por el Museo del Prado. Una oportunidad única de contemplar el conjunto completo por primera vez en casi dos siglos, de acercarse una vez más a la obra del genial cretense, disfrutar de la belleza y grandiosidad de sus tablas y conocer un poco más de nuestra historia toledana. Asimismo de lamentar tanta pérdida patrimonial como ha sufrido –y en ocasiones sigue sufriendo- la ciudad imperial. Es doloroso ver cómo obras de tal envergadura salieron para siempre del que era su ámbito natural, el espacio para el que fueron concebidas y en el que encuentran su verdadera comprensión y significado.
El Greco, Toledo. Binomio inseparable.