«Se presentaban testigos violentos: me acusaban de cosas que ni sabía, me pagaban mal por bien, dejándome desamparado» (Salmo 35, 11-12). Si usted es de los que todavía cree en cuentos de hadas, esta no es su tribuna. Aquí no hay héroes ni villanos, solo una plaza sedienta de sangre. Siempre lista para señalar a su próxima víctima. Antes, si te salías del mantra, te decapitaban públicamente. Hoy te despiertas con la cabeza aún en su sitio, pero sin trabajo, sin contratos y con media humanidad pidiendo que te borren del mapa. La diferencia es que Robespierre tenía la decencia de dar discursos antes de mandar cortar cabezas. Ahora el verdugo es un desconocido de X (Twitter para los nostálgicos) repartiendo sentencias bajo un único dogma. Y no, no se confundan. La cancelación es una apisonadora en la que conservadores y progresistas arrasan con todo, mientras los términos «woke» y «ultraderecha» sirven de cajones de sastre donde cada bando encierra a sus enemigos. Recordemos cómo SloMo de Chanel fue acusada por los guardianes del progreso de reforzar estereotipos sexistas, o cómo Zorra de Nebulossa fue despellejada por los centinelas de la moral tradicional que aún creen que la virtud de una mujer se mide por los centímetros de su falda.
Pero hoy la plaza ha elegido a otra víctima. Esta vez, la elegida para la pira es Karla Sofía Gascón, una mujer que hace dos semanas era la diosa del cine español, pero ahora es arrastrada al patíbulo sin juicio ni defensa. «No he parado de recibir odio, amenazas de muerte, improperios. Y nadie ha levantado la cara por mí», confesó recientemente en una entrevista a la CNN. ¿Por qué? Por unos tuits sacados de contexto. ¿Resultado? Apartada de la promoción de su película. Cancelada por la editorial de su libro, que dice apostar por la diversidad (no de ideas, claramente). Y alejada de la puerta del Óscar… Y, mientras sigue perdiendo contratos, ahí estaba, siendo entrevistada con la voz temblorosa, preguntándose qué demonios ha pasado para que su vida haya sido desmembrada: «¿Por qué me están haciendo esto? ¿Por qué mi familia tiene que estar llorando?».
Pero la pregunta correcta no es por qué, sino para qué. Y la respuesta es más vieja que el miedo: para recordar lo que explica Miller en Las brujas de Salem, que las cazas de brujas no buscan justicia, sino reforzar el poder de quienes deciden quién es el enemigo. Gascón lo sabe bien: «Me he ido del país como si fuera un monstruo terrible, con mi hija llorando». Bajo la falacia «ad hominem», los conservadores la desprecian por lo que es, viéndola como traidora a la tradición. Basta con echar un vistazo a los comentarios de barra de bar que le dedican en redes: «¿Va al ginecólogo o al urólogo?», «¿Protagonizará la próxima de Transformers?», «¿Qué clase de experimento es este?»… Mientras tanto, los progresistas, aferrados a la falacia del «verdadero escocés», la masacran por no encajar en la versión impoluta de heroína trans que ellos mismos fabricaron. Repito: todo por unos tuits del Pleistoceno. Algo que sorprende a Gascón: «No soy la misma persona que hace 5, 10 o 20 años…». Y tiene razón. Pero aquí la evolución personal no importa, ni la coherencia, ni la justicia. Aquí lo que cuenta es mantener el relato a cualquier precio, cueste lo que cueste.
No es casualidad que Jacques Audiard, director de Emilia Pérez, se haya apresurado a sumarse a la quema, no sea que le tachen también de hereje. Y la clase política no se queda atrás. Ahí tenemos a Yolanda Díaz, que salió apresuradamente de su bañera de Cleopatra llena de pétalos de loto para celebrar la nominación de Karla, y ahora se esconde bajo la mesa como si hubiesen soltado un mono de culo rojo con un AK-47. O de sus compañeros de industria, vendiéndonos en los Goya la moto de: «EE.UU. tiene un presidente despreciable. No se mide con la misma vara. Se la ha cancelado por ser mujer trans». Sensacional pirueta en el relato, pero… Preguntas capciosas: ¿Desde cuándo Netflix tiene problemas con las personas trans? ¿Acaso las marcas que trabajaban con Karla no sabían su identidad? ¿Cómo se explica el silencio de la impulsora de la ley trans, Madame Bovary Montero, ante este supuesto acto transfóbico? ¿Principios con fecha de caducidad… o «ke ase»? En fin, la Granja de Orwell era una broma en comparación con esto. Salvo honrosas excepciones como Macarena Gómez -que ya ha esquivado más de un ataque de los hermanos de la sororidad recetándoles Almax-, el resto optó por lo que describe Noelle-Neumann en su teoría de espiral del silencio: silencio.
Imagino que para la bancada progresista reconocer que, en esta ocasión, es la principal causante de esta cancelación sería como reconocer que se ha disparado un pie… y por eso intenta colarnos el comodín de la transfobia conservadora, para blanquear su ajusticiamiento. La diversidad de pensamiento es maravillosa... siempre que se limite al color de tu pelo. Pensar diferente ya es otro asunto. Ahí, la tolerancia desaparece con tal de seguir la agenda ideológica. Y no, no hace falta ser Freud para ver la locura de encumbrar a alguien vulnerable emocionalmente y, cuando deja de entretener, arrojarlo al fuego. Luego reclamarán mejoras en la salud mental, pero sin admitir que ni se deben imponer «ideas correctas» ni justificar la muerte profesional de nadie por planteamientos ajenos a su trabajo. Punto.
Lo peor es que aquí hemos llegado porque llevamos décadas criando generaciones con la profundidad intelectual de un eslogan de camiseta y la sensibilidad de un florero de Ikea. En las aulas, en las casas y en cada rincón donde antes se forjaba carácter, hemos cambiado la educación humanista por consignas ideológicas. «Hacemos hombres sin corazón y esperamos de ellos virtud e iniciativa», afirma C. S. Lewis en La abolición del hombre. Por eso, hoy pensar es arriesgado. Matizar, sacrilegio. Y discrepar, asesinato civil. Ahora, el debate no existe; solo hay trincheras entre los que exigen que el mundo entero sea una guardería emocional, donde las ideas incorrectas de Karla son un crimen imperdonable; y los que, en cuanto ven algo que no encaja en su molde de «normalidad», como su condición de mujer trans, lo acribillan por no ajustarse al «orden natural». Y ahí, en medio de este circo, está Karla, convertida en el blanco de dos bandos que arruinan vidas con la misma indiferencia con la que piden un café para llevar.
Lo que Hannah Arendt llama «espacio público», ese en el que los ciudadanos debaten con libertad y sin miedo, ha sido dinamitado. Ahora, discrepar no es un derecho, sino una temeridad. Y el que se sale del guión, paga el precio. Hoy bastan 280 caracteres para acabar en la hoguera sin siquiera haber dicho «buenos días». En fin, qué tiempos aquellos en los que, al menos, podías escoger entre la horca o el exilio. Hoy es Karla Sofía Gascón. Mañana será otro. Y pasado, mientras el humo aún se disipa, puede que los de lo «woke» o la «ultraderecha» pronuncien nuestro nombre en la plaza. Entonces, nos daremos cuenta de que esto no va solo de linchamientos puntuales, sino de extorsionar los cimientos de la polis y, con ella, de la democracia. Porque, ténganlo claro, un sistema libre no sobrevive con cobardes, ni fanáticos, ni agendas, ni trincheras. Sobrevive con disidencia, con libertad, con evolución, con rectificación. Hoy no gobierna la razón, sino el miedo. Y cuando esto sucede, el sistema no muere de un disparo, ni de una revolución, ni de un golpe de Estado. Muere con un silencio. Con un retuit como última palada de tierra sobre la fosa del otro.