He leído días pasados en los medios, que, en los dos sindicatos con mayor número de afiliados, CCOO y UGT, se ha producido una fuga masiva de afiliados y que aún chorrea la cifra. No me extraña. Lo raro es que estos sindicatos, según los datos que ellos mismos facilitan, estén rondando casi el millón de 'clientes'. Personalmente me gustaría ver los datos, pues la verdad, no me lo creo. El desencadenante ha sido la desconvocatoria de una huelga prevista contra Renfe, que al final no llegó a producirse por maniobras orquestales del ministro de Transportes Óscar Puente.
No me extraña esa conducta huidiza de los trabajadores, pues hay cosas que no se pueden entender a no ser que lo veamos con el prisma de muchas dioptrías. Los disidentes manifiestan que estos sindicatos se han vendido a los postulados del Gobierno, que no se parece muchas veces al cometido que debían ejercer con lo que hacen. Ponen el ejemplo del ínclito Pepe Álvarez al ir a Bruselas a negociar con Puigdemont ciertas condiciones políticas que afectan al conjunto del Estado y no precisamente a la UGT.
El colmo ha sido la ayuda de 216 millones de euros a estos entes que no lo justifican a mi modo de ver. Que existe mucho mamoneo y gente que vive del cuento y no da palo al agua. Los llaman traidores y con razón. Si a mí me descontasen dinero para ayudar a gente más vulnerable económicamente no me importaría pagarlo, es lo suyo; pero dar dinero de mis impuestos a colectivos como estos sindicatos que en bastantes ocasiones pudren o enrarecen el ambiente de empresas, de autónomos, no. Los sindicatos debían nutrirse de sus cuotas y veríamos si había tanta gente apuntada. Lo que me extraña es que haya tantos sindicalistas. Y encima puedan deducirse las cuotas y en casos de enfermedades o situaciones extremas ni un duro. Ya está bien.
Estos líderes acuden a las tertulias como figuras y casi nunca invitan a los trabajadores que están a pie de obra, los que conocen los entresijos laborales. Con tanto ajetreo se les ha olvidado cuál es su verdadero papel.