El club de la impaciencia

J. M. Loeches
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Con cuatro responsables deportivos y cuatro técnicos en apenas un año, el CD Toledo se empeña en no dar continuidad a sus trabajadores por las exigencias y la opinión del entorno

Rubén Ramos, nuevo director deportivo, (centro), junto con el director general, Ricardo Mingorance, y el presidente, Joaquín Sánchez-Garrido

Toda la estabilidad económica e institucional aportada por el Grupo Ibérica tiene su antítesis en la parcela deportiva. El CD Toledo no es capaz de confiar en sus trabajadores en puestos de responsabilidad. Las exigencias de los aficionados, con el acumulado de temporadas anteriores, y la  opinión pública en la calle y las redes sociales han provocado que en doce meses hayan pasado ya cuatro responsables deportivos y cuatro entrenadores. El equipo sigue en las cloacas, para la mayoría un deshonor. Como si se pudiera salir de ahí protestando y protestando.

El aterrizaje de Fernando Núñez Lirio y su equipo es la mejor noticia en años. Sin embargo, para conseguir los objetivos quizás falta algo de paciencia. El modelo Luis Jaime Puebla estaba agotado, por eso se confió en David Vizcaíno para comandar esta área y configurar un equipo campeón. Por sus labores por Cádiz (en el CD San Fernando), se apoyó en José María Rivas.

Lo macanudo del asunto es que el organigrama estaba compuesto por hasta 15 personas, para manejar datos de Tercera y categorías superiores. Grosso modo, como se explicó en la rueda de prensa de presentación, manejaron una base de datos que completaron poco a poco esos supuestos trabajadores invisibles, con vistas a tener la mayor información posible.

Entre todos ellos y Aitor Gómez, el entrenador, diseñaron una plantilla que sembró dudas desde muy pronto. Por supuesto, no se les dejó trabajar mucho más. Se tumbó el proyecto para girar el volante hacia un entrenador que ya hubiera ascendido al CD Toledo. El elegido fue Manolo Alfaro. No hace falta recordar las excentricidades del alcalaíno y sus experimentos 'random', como dicen los de la generación Z. Pero el equipo jugaba bien, y tal. Había mejoría, y bla, bla, bla.

Total, que se fue a Navidad y ya no volvió. Carlos Gómez tomó las riendas para buscar otra dirección para la nave. Y la logró. Solo con situar a los jugadores en sus puestos y echar el cerrojo, el albaceteño consiguió trazar una segunda vuelta impensable que casi da para soñar. Pero dar con la solución fue su sentencia.

Se le colgó la etiqueta de defensivo, y, ni siquiera acabar el domingo pasado con dos delanteros (tras empezar con uno) contra el CF La Solana, le salvó de la ejecución. El que venga será el cuarto, y lo peor es que, si el equipo no funciona (no es lo deseable, está claro), los disparos cambiarán de dirección. O no. No se sabe.

De forma paralela al cambio de caras en el banquillo, se optó por quitar a la dupla Vizcaíno-Rivas para traer a Sergio Maldonado, ese director deportivo que nunca se presentó, porque él no quiso, y que, en realidad, es el principal responsable de la plantilla actual. Pero como los resultados mandan, las alabanzas mutaron a críticas y desprecios, y parece que los jugadores contrastados no lo son. Se le echó a un lado para traer a Rubén Ramos. El cuarto. A ver cuánto dura.

Entre medias, hay quien sigue diciendo que los planteamientos de Carlos Gómez son ultradefensivos. Ni con un 4-0 ni un 4-1. Ni con salir con dos delanteros y mediapuntas como mediocentros. Todo eso ha ido mermando la confianza de los de arriba. La había, pero la fortaleza que se tiene en el bolsillo flojea cuando el balón no entra. Más que nunca, el CD Toledo se ha convertido en el club de la impaciencia.